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LA LECTURA Y LA AUTOCRÍTICA

LA LECTURA Y LA AUTOCRÍTICA

Por: Carlos Herrera Toro

Cuando un libro se abre se está dando apertura a un mundo totalmente desconocido, lleno de magia y sabiduría, el cual nos permite conocer cosas extrañas a nosotros, mismas que nos llevan a sopesar nuestra propia realidad y darle un juicio a su existencia.

Pero, ¿cómo es que el pensamiento de otros puede juzgar nuestro propio contexto? Hay que recordar que nuestra realidad generalmente está viciada de nuestro ego, y en torno a esta súper valoración de nosotros mismos, nuestros defectos se ocultan bajo su espectro de falsedad, cosa esta que la opinión de otros puede develar, sobre todo, si aquella concuerda con nuestro entorno. Los conocimientos profundos de otra persona pueden hacer añicos nuestro parecer, más aún si nuestra opinión no está basada en pensamientos profundos y serios.

La autocrítica surge cuando se compara un modelo de pensamiento superior con el nuestro, en todos los contextos, y notamos que en razonamiento nos aventaja su parecer, a tal punto que nuestra opinión llega a estar junto a ella como el razonar arcaico de un cavernícola frente a la perspectiva de un filósofo. No hay ni punto de comparación nuestro encierro intelectual con los ideales de personas que han educado su mente con crítica profunda y razonamiento profesional.

Sin embargo, hay que advertir que no toda ideología externa es superior a la nuestra, aunque parezca tal en una primera impresión, ya que puede suceder que el que tenga el pensamiento retrógrado sea el que pretende adentrarse con sus ideas en nuestro cerebro, y allí es donde debe aplicarse la lógica en todo lo que recibimos, para saber cuál pensamiento puede llegar a ser considerado adecuado para nuestro crecimiento y cuál no.

La lectura nos da la potestad de abrir nuestra mente hacia nuevos universos, puesto que el recorrer los libros con nuestras pupilas nos hace desarrollar la mente hasta límites insospechados, aunque para ello sea menester inmiscuirse en temas que quizá no se apeguen a nuestros gustos, pero que son de necesario conocimiento para poder situarse en el tiempo y en el espacio y poder afirmar nuestras posturas o dejarlas a un lado por incompetentes. ¿Cómo es que puede un religioso defender su amor a Dios si no ha leído la opinión de los escépticos? ¿Cómo puede un orientador hacia la felicidad darnos su contingente asertivo si no ha leído poesía de tristeza? El negarse a leer el opuesto sólo hace prever que la persona es una fanática de sus propios ideales y que por lo tanto, en ella no cabe ni un ápice el principio de autocrítica.

Los filósofos lógicos suelen rechazar lo que no se apega a la realidad, y por ello no leen poesía, porque consideran que sus figuras retóricas y de irrealidad no son parte del parecer científico; pero se olvidan que lo que nos hizo humanos, según los estudiosos de la evolución, es esa magia de lo abstracto, en donde el arte fue una de sus principales herramientas para inspirar en el hombre esa concepción de lo futuro. Dichos filósofos pueden no querer al arte, pero no lo pueden sacar de sus vidas, porque el mismo está intrínseco en las distintas –  y a veces las más disparatadas – facetas de su cotidianidad. Desde la publicidad que mueve millones en todos los productos, hasta en las mismas construcciones arquitectónicas, incluso en las palabras vagas que hasta el más insensible de los seres humanos ha vertido por la conmoción que alguna situación le ha provocado, está el arte, y negarlo, aunque es una posición respetable, no concuerda con la realidad. Muchos, por ejemplo, pueden negar al amor, pero su concepción, aunque sea algo ilusorio y netamente fantástico, existe y hay que aceptarlo con cualquiera de sus naturalezas.

Y bueno, cada vez que agarres un libro, debes concebirlo como un espejo, donde podrás ver tu propia faz, y por medio de su reflexión, podrás corregir tus pensamientos si hallas falla en lo que veas… CONTINUARÁ…

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